Resumen basado en el libro “Sobre el duelo y el dolor” de la Dra. Elisabeth Kübler-Ross.

Estas fases descritas hacen referencia tanto en caso de la muerte de un ser querido como de cualquier otro tipo de pérdida, ya que en cualquier pérdida se produce posteriormente un duelo. Ese duelo nos permite ir aceptando que lo que tanto amábamos o deseábamos se ha ido y nunca más volverá. Es importante destacar que las etapas de un duelo fluctúan. No entramos ni salimos de cada etapa concreta de una forma lineal. Podemos atravesar una, luego otra y retornar luego a la primera. Pueden duras días, semanas o años.

Negación

La negación no es que no se sepa que la persona querida ha muerto, sino que ya nunca se la va a volver a ver. Al principio es posible que nos quedemos paralizados o que nos refugiemos en la insensibilidad.

La persona puede decir “no puedo creer que esté muerto”. Porque, de hecho, en esos primeros momentos, la realidad es excesiva para su psique

La negación ayuda inconscientemente a asimilar las emociones que se desencadenan tras la pérdida. La negación nos ayuda a distanciarnos momentáneamente del dolor. Nos ayuda a sobrevivir a la pérdida. Tras la pérdida, el mundo se vuelve absurdo y opresivo. La vida no tiene sentido. Estamos conmocionados y negamos los hechos, incluso nos volvemos insensibles. Nos preguntamos cómo podemos seguir adelante, si podemos seguir y por qué deberíamos seguir. Intentamos encontrar una forma de que los días pasen sin más.

La conmoción y la negación nos ayudan a afrontar la situación y a sobrevivir. Nos ayuda a dosificar el dolor tras la pérdida. Estos sentimientos que aparecen son importantes porque son mecanismos de protección de la psique. Dejar entrar de golpe todos los sentimientos asociados a la pérdida sería algo emocionalmente abrumador. No podemos creer lo que ha sucedido porque, de hecho, somos incapaces de hacerlo. Creerlo del todo en esta etapa sería excesivo.

La cuestión no es olvidar a la persona, sino aprender a vivir con la pérdida.

A veces nos encontramos contando esa pérdida una y otra vez, lo cual es una de las formas en que nuestra mente afronta los traumas. Es una manera de negar el dolor mientras intentamos aceptar la realidad de la pérdida. Cuando la negación remite, va siendo poco a poco sustituida por la realidad de la pérdida.  Entonces, volvemos la mirada hacia dentro, para intentar encontrar una explicación. La irreversibilidad de la muerte comienza a instaurarse gradualmente y comenzamos a creer que la persona se ha ido realmente.

Conforme vamos aceptando la realidad de la pérdida y comenzamos a hacernos preguntas, estamos iniciando sin saberlo el proceso de curación. Ahora bien, conforme avanzamos, comienzan a aflorar todos los sentimientos que estábamos negando.

 Ira

Puede ser contra un ser querido por no haberse cuidado mejor o contra nosotros por no haber cuidado mejor de él. No tiene lógica ni es válida. Podemos enfadarnos por no habernos dado cuenta de que podía pasar, por la incapacidad del médico, por qué le ha pasado algo malo a alguien que significa tanto para mí…

La ira solo aflora cuando nos sentimos lo bastante seguros como para saber que probablemente sobreviviremos, pase lo que pase. Al principio nos sorprende haber sobrevivido a la pérdida. Luego empiezan a aparecer las emociones, la primera la ira, luego la tristeza, el pánico, el dolor…

A veces cuando estas emociones aparecen, desconciertan a nuestros seres queridos porque aparecen justo cuando parecía que empezábamos a funcionar otra vez.

La ira es una etapa necesaria del proceso curativo. Hay que estar dispuesto a sentirla. Debes dejar que surja, auténticamente… y así comenzarás a curarte. Mientras realices el duelo, la ira volverá a visitarte muchas veces.

Debajo de la ira anida el dolor. Es natural sentirse desamparado y abandonado. Pero debes respetar tu ira. La ira es fuerza. Normalmente estamos más acostumbrados a contener la ira que a expresarla. Compártelo si es necesario. Cualquier ejercicio físico te ayudará a exteriorizar tu ira. Es otra indicación de la intensidad de tu amor. Significa que estamos progresando.

También podemos sentir culpa que es ira hacia uno mismo. Cuanta más ira te permitas expresar, más emociones hallarás debajo

No permitas que nadie disminuya la importancia de sentir plenamente la ira. Y no permitas que nadie la critique, ni siquiera tú.

Negociación

Antes de la pérdida, parece que haríamos cualquier cosa con tal de que la persona amada no se vaya. Tratamos de pactar “dios mío, por favor…”

Tras la pérdida, la negociación puede adoptar la forma de una tregua temporal.

A veces la negociación va acompañada de la culpa. Con la negociación nos aferramos a un pedazo del futuro alternativo en el que la muerte o pérdida no sucede. Esto puede aliviar temporalmente el dolor que conlleva el duelo. Es un consuelo momentáneo.

La negociación supone una estación intermedia que procura a nuestra mente el tiempo que necesita para adaptarse. Nos permite creer que podemos restaurar el orden en el caos que nos rodea. A veces podemos comenzar pactando para que la persona querida se salve. Más adelante, podemos incluso pactar para morir en su lugar. Cuando aceptamos que se va a morir, podemos pactar para que su muerte sea indolora. Cuando ha muerto, la negociación a menudo se desplaza del pasado al futuro

En esta etapa la mente modifica acontecimientos pasados mientras explora todo lo que se podría haber hecho y no se hizo.

Depresión

Tras la negociación, nuestra atención se dirige al presente. Aparece la sensación de vacío y el duelo entra en nuestra vida a un nivel más profundo. Nos parece que nunca acabará esta etapa depresiva. Debemos entender que esta depresión no es patológica sino la respuesta adecuada ante una gran pérdida. ¿Por qué tengo que seguir adelante? Se hace de día, pero a ti no te importa. La vida parece no tener sentido. Y aunque estés activo, cada actividad te parece tan vacío e inútil como la anterior. ¿Por qué comer? ¿Por qué dejar de comer? No quieres que nada te importe.

A veces, la depresión tras una pérdida se considera algo no natural; un estado que hay que solventar. La depresión es una respuesta normal y adecuada. A veces esta depresión se considera algo que conviene evitar en nuestra sociedad. Por supuesto, una depresión clínica que no se trate puede llevar a un empeoramiento de nuestro estado mental, pero en el duelo, la depresión es un recurso natural para protegernos

Se puede manejar la depresión. Considerarla un visitante, quizá no deseado. Debemos permitir y experimentar esa depresión, ya que desaparecerá en cuanto haya cumplido su propósito. A medida que te vayas fortaleciendo, es posible que aparezca de vez en cuando, pero así es como funciona el duelo.

Muchas veces en nuestra sociedad se impide que la depresión normal que acompaña al duelo ocupe su lugar.

Debemos aceptar la tristeza como un paso apropiado y natural de la pérdida, pero no una depresión descontrolada y permanente que merme nuestra calidad de vida.

Aunque sea difícil de aceptar, la depresión posee elementos que pueden ser útiles en el duelo. Nos obliga a reconstruirnos desde la nada. Nos lleva a los más hondo del alma donde no iríamos en circunstancias normales.

Hay que dejar que los dolientes experimenten la pena.

Aceptación

Se acepta la realidad de que nuestro ser querido se ha ido físicamente y se reconoce que dicha realidad es la realidad permanente. Nunca nos gustará esta realidad pero la aceptamos. Aprendemos a vivir con ella. Ahora es cuando nuestra readaptación y curación final pueden afianzarse con firmeza.

Debemos intentar vivir en un mundo en el que falta nuestro ser querido. A través de pequeños pasos de aceptación, vemos que no podemos mantener intacto el pasado. Las cosas han cambiado para siempre y debemos readaptarnos. De una extraña forma, a medida que avanzamos en el duelo, la curación nos acerca a la persona que amábamos. Aprendemos a vivir con el ser querido que hemos perdido. Proceso de reintegración

A medida que volvemos a empezar a vivir y disfrutar de la vida, muchas veces pensamos que, al hacerlo, estamos traicionando a nuestro ser querido. Sin embargo, podemos empezar a acercarnos a otros y formar parte de su vida. Empezamos a vivir de nuevo, pero no podremos hacerlo hasta que no le hayamos dedicado el tiempo correspondiente al duelo.